Pepena. Mujeres de Ecatepec se sumergen en la suciedad para recolectar material reciclable. Foto: Jorge Villalpando

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Jorge Villalpando

Todo el lugar huele a podrido. Y ese olor se pega en la nariz, en la piel, en la ropa. En pocas horas se vuelve insoportable y al final del día, pareciera que no se saldrá del cuerpo. Pero vale la pena soportarlo, pues en cualquier momento, en un golpe de suerte, es posible encontrar “tesoros”.

Aquí el agua es negra y espesa, y en su recorrido se atora entre basura y ramas. Le llaman Cartagena, es el canal de aguas negras que nace en el oriente de la Ciudad de México y que en más de 18 kilómetros cruza los municipios mexiquenses de Tecámac, Ecatepec, Jaltenco, Tonanitla y Zumpango.

La basura acumulada forma el vado del río, que no mide más de 15 metros de ancho y no tiene puentes para cruzarlo, salvo un improvisado árbol caído que sirve un poco para eso, al menos la gente lo usa así.

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En torno al canal, aunque hay casas de cemento, muchas son de cartón y lámina, y algunas, las más improvisadas y pequeñas, tienen en lugar de paredes y puertas sarapes, costales de tierra, maderas y plásticos de todos tamaños.

Aquí es la colonia Potrero del Rey, un asentamiento irregular pegado al Circuito Exterior Mexiquense y apenas a 12 kilómetros de la Base Aérea Militar de Santa Lucía. A este lugar llegaron damnificados del terremoto de 1985 y se apropiaron de estas tierras, mientras las autoridades se hacían de la “vista chica”.

Unas tres calles de este barrio están pavimentadas y el resto son caminos polvosos que finalizan en el canal. En ambos lados del río fueron construidos precarios asentamientos donde viven amontonadas familias completas: madres, padres, hijos, nietos. Es el caso de la señora Joaquina, que llegó aquí hace más de 30 años, tiene una casa de cemento de un piso, que apenas tendrá dos cuartos y donde viven nueve personas.

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Es en este lugar donde hay un grupo de buscadores de “tesoros” que se sumergen en las aguas negras para sobrevivir. Son las mujeres del canal, suman unas 20. Visten ropas viejas, despintadas por el sol y sucias. Calzan largas botas de hule negro que les llegan arriba de las rodillas y por debajo de ellas se ven sus pantalones de mezclilla.

Alguna menor de edad se mete con un short blanco, despreocupada, como si se tratara de un río de aguas cristalinas, y no se atorarán sus piernas entre la basura. En una mano llevan una cubeta, en la otra una pala y en alguno de sus hombros cuelga una bolsa en la que guardan lo que se han encontrado al meter las manos entre las aguas negras.

Las más experimentadas, por decirlo así, están dentro del canal hurgando entre las profundidades del agua chapopotosa, que no les llega más arriba de las rodillas. Algunas otras están en las orillas desde donde lanzan un imán circular atado a una cuerda, esperan un momento y jalan del otro extremo de la cuerda para ver si tuvieron suerte en “pescar” un anillo, una cadenita, un pedazo de cobre o cualquier tipo de metal que puedan vender.

Doña Joaquina y su familia ya están habituadas a sentir en la piel los desechos que arrastra el río. A pesar de que ya se acostumbraron al olor, dice que la pestilencia es peor cuando llegan camiones que vacían desechos químicos a un costado del río. Nadie sabe de qué tipo de tóxicos se trata ni de dónde provienen, sólo que dejan un rastro blanco cuando resbalan por la barranca, en una esquina del río, cerca del puente, la misma que usan en cada viaje.

Apenas 150 pesos

Este es un basurero en medio del río. Hay cientos de bolsas de basura, cartón y PET, separados en contenedores que fueron hechos con la misma basura. Aquí deambulan perros que husmean entre las bolsas rasgadas y miles de moscas, también se ve un burro que, cansado, se echa en medio de un lote baldío cercano, mientras las personas que “trabajan” la basura llenan las carretas oxidadas con el material reciclado que han acopiado en este lugar para luego llevarla a vender.

La señora María Guadalupe lleva 18 años viviendo en Potrero del Rey. Es madre soltera, tiene dos niños y habita una vivienda improvisada en la azotea de la casa de su mamá, a 300 metros del río. Lleva cinco años metiéndose todos los días a las aguas negras en busca de antimonio, cobre, fierro, bronce y aluminio.

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A sus 38 años dice que nunca ha tenido una infección en la piel o ha sufrido alguna enfermedad gastrointestinal, pero se le ven algunas pequeñas manchas en el rostro que quizá no detecta porque se acostumbró a tenerlas sobre esa tez curtida por el sol.

Se le notan irritados los ojos y las uñas de sus manos tienen un color grisáceo. Su cabello cobrizo está recogido en una breve coleta y usa una camiseta roja decolorada encima de otra morada. Estuvo metida por tres horas y consiguió el metal suficiente para venderlo en 120 pesos. Le alcanza, dice, para la comida de sus dos hijos.

150 pesos es lo que  llega a ganar una persona en un día de mucha suerte en el canal de Cartagena.

Sus instrumentos de trabajo son unas largas botas negras recién lavadas que se encuentran en la puerta de la casa, sus imanes —que extrajo de una vieja bocina— atados a una cuerda, la cubeta y la pala. En un buen día llega a ganar 150 pesos, pero muchas veces no saca nada. Lo más común en su “pesca” diaria son las monedas de fierro (de un peso, de dos, de 50 centavos o de 10 centavos). La plata la encuentran algunas veces y difícilmente tiene suerte de hallar oro.  

Por la mañana y algunas veces en las tardes, las mujeres bajan por esa pendiente revuelta de pedazos de vidrio, tierra, ropa vieja y mucha basura hasta la orilla. En algunas partes de esas aguas negras se han formado “islas” de basura y se pueden apreciar sillones, retretes de cerámica, lavaderos de cemento, alambres, trozos de alfombras, zapatos, láminas de cartón o llantas. Alguna vez hasta fueron testigos de cómo flotaba un cuerpo.

Desde las 7 de la mañana y hasta las 4 de la tarde al menos unas 30 personas ingresan al canal para trabajar buscando “tesoros”. La mayoría de ellas son mujeres, de todas las edades y la explicación es simple: ayudan a completar el gasto de la familia mientras el marido trabaja en otro lado o en la separación de basura reciclable o son madres solteras. La mujer más grande que trabaja aquí tiene 55 años de edad. Se necesita fuerza y pericia en las piernas para mantenerse de pie soportando la corriente del río y esquivar la basura que transita.

el dato. Ecatepec es el municipio más poblado del Estado de México y el segundo a nivel nacional, sólo detrás de la delegación Iztapalapa de la Ciudad de México.

Además de tener que sortear el agua contaminada, los objetos cortantes o del vidrio, tienen que enfrentar otro riesgo mayor, los animales. Regularmente aparecen víboras de hasta dos metros, sobretodo en época de lluvias. También se encuentran ratas, algunos animales muertos como perros, gatos, burros, caballos o puercos.

Alejandro trabaja como recolector de basura y sólo se mete al río cuando hay que desazolvar. Dice que su mujer, de 27 años, se mete de forma constante y ha tenido la fortuna de encontrarse alguna cadenita de oro o de plata. Aquí pareciera que la gente nunca se enferma, al menos cada uno de los testimonios lo asegura, salvo alguna “leve cortada”.

María Guadalupe terminó por un momento la jornada en el río. Se apura para ir a recoger a la escuela a su hijo mayor de 8 años. La niña menor, de tan sólo 4, se quedó con la abuela. A ella le gustaría dejar este trabajo y poner un puesto en el mercado o tianguis vendiendo lo que sea, pero será difícil lograrlo, se autorresponde, porque la situación en México es muy mala, y “se puso peor” desde que subió la cotización del dólar.

Chamba es chamba, no es malo trabajar, aunque sea de la basura, y no importa que la gente hable de ti”. Todo es cochino y peligroso, pero es limpio, no estoy robando”, suelta con voz gruesa, mientras apresura la marcha.

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