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Jonathan Nácar

La escalada de violencia que empezó a agudizarse en el puerto de Acapulco, Guerrero en 2006 y que alcanzó un punto crítico entre 2011-2012 provocó que cada vez más personas y familias enteras, víctimas de algún asesinato, secuestro, extorsión se acercaron a las parroquias en busca de algún tipo de apoyo, un respaldo en el plano religioso que los auxiliara a lidiar con sus duelos y seguir adelante. 

Sin una idea clara y de manera empírica fue como algunas parroquias empezaron a sensibilizarse en cuando a la atención a víctimas de la violencia. Pero se trató de un desafío que, por allá del 2012, en plena crisis de inseguridad, orilló a la Arquidiócesis de Acapulco a asumir la responsabilidad de establecer un proyecto, un programa integral de atención a víctimas de manera más amplia y sistemática. 

víctimas de la violencia
Jesús Mendoza Zaragoza, simpatizante de la Teología de la Liberación en la Arquidiócesis de Acapulco. Foto: Especial

Para lograrlo, cuenta el sacerdote Jesús Mendoza Zaragoza, coordinador de la Pastoral Social Arquidiócesis de Acapulco, se contó “con el apoyo de la experiencia colombiana donde tenían ya décadas trabajando con este tema” y tras una capacitación de seis meses fue como se empezaron a desarrollar tareas específicas de acompañamiento a víctimas de una manera más integral. 

“La iglesia en Colombia ya llevaba décadas en estos procesos de acompañamiento de víctimas, entonces buscamos en ese país opciones para capacitarnos porque vimos una serie de explicaciones que nosotros no estamos visualizando, es decir, había retos inmensos de tal forma que un acompañamiento en situaciones de crisis requiere de profesionalización, no sé puede improvisar con gente que vive con mucho sufrimiento”.

Desde entonces, asegura, “asumimos el acompañamiento espiritual como un acompañamiento que va a restaurar la crisis espiritual y atender las necesidades espirituales de las víctimas y de sus familias, luego el aspecto pastoral, es decir el cómo las parroquias podrían ser espacios en los cuales las víctimas podrían sentirse acompañadas y pudieran sentir que pueden tener esa fortaleza para seguir adelante”. 

A esto se sumó también el acompañamiento psicosocial en cuando a las necesidades de la comunidad “sobre todo en el restablecimiento de las relaciones comunitarias de las víctimas de tal forma que pudiéramos ayudar en el manejo del miedo, del enojo, la rabia, de toda esa trama violenta que deja huellas emocionales”. Pero no fue una tarea sencilla. 

Pues, mientras “las víctimas cada día aumentan y es un mundo tan inmenso que las instituciones encargadas de atenderlas no tienen capacidad institucional, ni capacidades profesionales ni presupuestos”, señala el padre Mendoza Zaragoza, lo hecho con el Programa de Atención a Víctimas de la Violencia es apenas “testimonial”, aunque la aplicación de este programa paso de siete a más de 22 parroquias en Acapulco y las costas. 

“Valorando lo que nosotros hicimos aquí en Acapulco yo creo que pudimos atender al 1 o 2 por ciento de las víctimas que hay aquí en esta región, entonces, es más como el testimonio de alguien que quiere hacer algo y logra hacer algunas cosas aunque sea en una mínima parte”; por esa razón señaló el padre, quien ha propuesto la creación de una secretaría de Estado enfocada solamente a la atención de víctimas, se ha replicado la capacitación y el programa en entidades como Tamaulipas, Veracruz, Michoacán y Puebla, entre otras. 

Para el padre, la visión a corto plazo -sólo lo que se mantienen en los cargos, los gobernadores y presidentes municipales- ha impedido establecer compromisos de más amplitud y de buen nivel como una responsabilidad del Estado como “el gran responsable de generar estos procesos y para esto tiene que contar con la capacidad, por eso he propuesto en varias ocasiones el nivel de una secretaría de estado para poder ayudar a sanar esta gran herida nacional que significan las víctimas”. 

Pero lejos de contar con el apoyo del gobierno y las autoridades correspondientes, el presbítero lamenta que la autoridad ha sido omisa no sólo con las víctimas sino con quienes intentan mejorar su situación y en su caso ejemplificó, “en mi parroquia tenía ya de planta un vigilante de la delincuencia, es decir los halcones, yo tenía que ir viendo la forma de manejar ese asunto de manera que no hubiera confrontación para que yo pudiera buscar la seguridad de mi comunidad y la seguridad del trabajo que hacíamos con las víctimas”. 

En ese sentido, subrayó: “Yo he estado viviendo en territorios controlados por el narco, por la delincuencia y pues uno lo que percibe es que la autoridad se mantiene ajena. Los delincuentes controlan los territorios y la autoridad es omisa. Yo al menos hasta este momento no veo nada y el gobierno dice que hay una estrategia, pero no la vemos, no nos han dicho cuál es y creemos que, pues sí la tendrán, pero en la medida del gobierno quizá, no a la medida de la población”.

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