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Juan Pablo de Leo

La elección de Barack Obama en 2008, el primer afroamericano en llegar a la Casa Blanca, marcó un momento histórico en las relaciones raciales de Estados Unidos. La llegada de Obama podría haber ayudado a sanar las heridas de una sociedad que hasta hace 50 años no permitía la convivencia libre entre negros y blancos o también podría haber exacerbado la polarización que comenzaba a gestarse dentro de una sociedad que enojada y silenciosa comenzaba a radicalizarse contra un gobierno, para ellos, demasiado liberal.

›Una combinación de raza y políticas públicas de izquierda sin concesiones a la oposición, fue como gobernó Obama durante sus primeros años tras la debacle del gobierno republicano de George W. Bush, lo que generó el descontento de un sector estadounidense que fue relegado por completo en la agenda durante la era Obama.

Las políticas económicas propuestas en 2009 por Obama para ayudar financieramente a las personas que habían perdido sus hogares en la crisis del año anterior, generaron molestia en un sector de la población que sentía el socialismo y big government en las puertas de su país a través del entonces presidente, de sus políticas y también de su origen étnico.

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En 2009, de manera oficial nació el movimiento conocido como Tea Party (Taxed Enough Already) y también como una referencia al Boston Tea Party, que surgió con la protesta de los colonialistas contra los impuestos de La Corona inglesa. Un movimiento fiscalmente ultraconservador con la idea de un gobierno lo más pequeño posible que dé paso y facilidad al libre mercado. Medios como Vox han logrado ligar directamente el nacimiento de este movimiento al interior del Partido Republicano, a temas más allá de los fiscales y que se centran en el racismo del sur estadounidense, con su visión todavía confederada y segregacionista.

Según el medio, a los pocos días de la toma de posesión del presidente Obama, el Tea Party tomó por asalto la política nacional. Los expertos y los políticos afiliados afirmaron que el movimiento equivalía a la formación de un nuevo partido que representaba preocupaciones económicas generalizadas, motivado por la indignación por el gasto deficitario, el paquete de estímulos y la deuda nacional. Sin embargo, la cobertura de las manifestaciones del Tea Party también incluyó imágenes de carteles de protesta con consignas racistas, a lo que los miembros del Tea Party argumentaron que su oposición a Obama se basaba en diferencias sobre las políticas económicas y no en la animadversión racial, y que estos carteles eran extremos atípicos.

El bipartidismo estadounidense ha dejado, en ese sentido, un espacio libre para la concertación ante la toma de la polarización del esquema político-social. La incapacidad para llegar a acuerdos ante visiones tan diferentes ha generado posiciones extremas que buscan, tanto en el Partido Republicano, como en el Demócrata, una salida a agendas que no encuentran espacio en las plataformas que hoy les ofrecen los pocos partidos. El realineamiento político e ideológico que por lo general se da de cada ocho  a 16 años ha dejado cada vez menos espacio para la negociación y los acuerdos. Ahora las distancias que quedan entre administración y administración se ocupan con ideas extremas que hacen imposible el encuentro.

Así como el Tea Party fue una respuesta directa a la presidencia de Obama, ahora los analistas se preguntan si estamos ante el nacimiento de un movimiento similar al que ocurrió al interior del Partido Republicano, pero en el Partido Demócrata, como respuesta a la extrema presidencia de Donald Trump y los olvidados en su agenda. Ya desde 2016 durante la campaña electoral, el entonces presidente Obama hacía advertencias a su partido de no convertirse en el nuevo Tea Party ante el nacimiento pro Bernie Sanders que intentó despojar a Hillary Clinton de una candidatura casi segura.

Barack Obama fue una figura tan grande que eclipsó a su propio partido. La falta de nuevos cuadros y el control de personajes como los Clinton, han generado un fenómeno de discordia al interior de éste, similar al que ocurrió entre los republicanos y los miembros del Tea Party. La mayoría de los seguidores de Bernie Sanders manejan una idea de socialismo democrático como parte de las diferentes corrientes registradas al interior del mismo.

Ante la estrategia que intenta seguir el Partido Demócrata de cara a las elecciones intermedias de noviembre, recientemente los socialdemócratas saltaron a la escena tras el triunfo inesperado de las internas en Nueva York. La más destacada miembro de los demócratas socialistas, hoy por hoy, es Alejandría Ocasio-Cortez, quien ganó una importante elección primaria del partido superando a un titular establecido en el Bronx. La joven de tan sólo 28 años venció al establishment demócrata con un mínimo presupuesto y se ha convertido en la voz que Bernie Sanders dejó encendida al interior del partido tras las elecciones presidenciales.

Con estrategias diferentes a las del Tea Party, para empezar, no utilizan la propagación de fake news como su principal modelo de comunicación política y social. Por otra parte, los miembros de la corriente partidista han realizado un importante trabajo en redes y en campo que les permite conectar el mensaje con la audiencia, pues no cualquier político del partido ha sido capaz de sacar provecho del mensaje. Lo cierto es que la agenda de los demócratas socialistas contrasta significativamente con la agenda tradicional demócrata. Una condición que se hizo clara y obvia durante la lucha por la nominación y los ataques del grupo directamente dirigidos a Hillary Clinton, su corrupción y statu quo dentro de la política.

El partido se encuentra en una crisis de identidad que es imperativa solucionar. No será antes de las elecciones intermedias de noviembre, pero como el Tea Party, las pequeñas victorias del socialismo demócrata indica el crecimiento del movimiento hacia dentro y fuera. Serán los resultados de noviembre los que clarifiquen el rumbo que el partido puede tomar, y demostrar de igual forma su capacidad para atender a los diferentes movimientos del partido que buscan mensajes ante un electorado difícil de satisfacer y entender. ¿Será la continuidad del establishment demócrata bajo Obama y su gente? o ¿serán los nuevos rostros, las cartas jóvenes que con ideas radicales pretenden tomar control de un partido huérfano?

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