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Irak y Arabia Saudita reabrieron este miércoles su principal puesto fronterizo, Arar, cerrado desde hace 30 años, en una nueva etapa en la mejora de relaciones diplomáticas entre Riad, gran enemigo de Irán, y Bagdad, vecino de la República islámica

En 1990, cuando Sadam Hussein invadió Kuwait, Arabia Saudita rompió relaciones diplomáticas con Irak, y solo las restableció con  Bagdad en 2017, cerca de 15 años después de la caída del dictador iraquí.

 Arabia Saudita trata de retornar al mercado iraquí, un país en crisis industrial y agrícola, inundado de productos turcos e iraníes.

Prueba de ello es que este miércoles, en medio de responsables de ambos países, modestas filas de camiones esperaban de ambos lados de la frontera.

Las condiciones políticas son propicias: el primer ministro iraquí, Mustafa al Kazimi, chiita como todos los primeros ministros de Irak desde la invasión de Estados Unidos en 2003, es amigo personal del príncipe heredero Mohamed Bin Salman de Arabia Saudita, gran país sunita de la región.

El premier iraquí debía hacer su primera visita al extranjero –tras asumir el cargo en mayo– a Riad, pero fue anulada debido a los problemas de salud del rey Salman de Arabia Saudita.

Y desde agosto de 2017, los dos Estados miembros de la Organización de países exportadores de petroleo (OPEP), reúnen de forma regular una Comisión de coordinación.

El objetivo con Arar, en la provincia de Anbar, rodeado al oeste por Jordania y al sur por Arabia Saudita, es dejar pasar mercancías y personas y crear una nueva puerta de entrada para las importaciones, que ahora llegan en gran parte a Irak procedentes de Irán, segundo  suministrador comercial de Irak.

 Semejante decisión provocó naturalmente el rechazo de las importantes facciones proIrán existentes en Irak. Uno de los nuevos grupos,  «Ashab al-Kahf», condenó con dureza este acercamiento con Arabia Saudita, país sunita al que estas facciones chiitas califican de «enemigo».

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