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Manuel Lino, Elizabeth Hernández y Francisco Aránguez

La escuela pública de Milpillas, una de las zonas más pobres y violentas de San Luis Potosí, fue la primera opción de Fernando Díaz Barriga, evaluador de riesgo en salud adscrito a la Universidad Autónoma de la entidad (UASLP), quien coordina un estudio piloto para probar que la reapertura de este tipo de centros educativos es posible si se diseña y adapta un protocolo inteligente que no requiere vacunas, pero que depende de la cooperación comunitaria.

Con el permiso estatal, los investigadores avanzaron hasta su primera opción. Sin embargo, a los pocos minutos de haber llegado a la escuela de Milpillas, la ilusión de ayudar a esta zona se desvaneció cuando la directora les comentó que no podían abrir la escuela, porque no se podían abrir las ventanas. En el lugar, es tanto el olor y las moscas que vienen del relleno sanitario, o los humos de cuando queman basura, que no hay manera de abrir las ventanas, explica Díaz Barriga. 

Tras la desilusión inicial, se decidió que el ensayo se hará en mayo y junio —abril quedó descartado ante un posible aumento de casos por Semana Santa— en una escuela pequeña del barrio de Capulines, en la ciudad de San Luis Potosí, en donde se puedan controlar todos los parámetros. El equipo de investigadores confía en que el protocolo, que no requiere de vacunas, sea exitoso y “se pueda instrumentar a partir de agosto en más escuelas”. 

Durante los últimos días, en México, la decisión de dar prioridad en la vacunación al cuerpo docente sobre algunos sectores del personal de salud ha creado polémica, especialmente por los cambios abruptos que ha tenido la estrategia nacional, que parece responder más a los caprichos presidenciales que a los criterios técnicos y el consejo de especialistas.

La pregunta sobre el riesgo de las clases presenciales ha sido ampliamente discutida alrededor del mundo con diversas respuestas prácticas, pues muchos países han abierto escuelas, y la mayoría coinciden en que no representan un foco de contagio si se toman las medidas adecuadas.

Hasta ahora, el gobierno federal ha basado su plan de reapertura escolar en una estrategia limitada: la vacunación de los maestros y el semáforo epidemiológico en verde, sin contar con una evaluación de riesgos. Acelerar el proceso sin contar con una estrategia integral, han advertido los expertos y la experiencia internacional, muestra que los casos por Covid-19 se han acelerado.

Las experiencias aplicadas en otros países y científicos recomiendan, entre otros elementos, aumentar los recursos, para adecuar los espacios y hacerlos seguros, capacitar al personal y a las familias para implementar una estrategia de control interno y externo, y aplicar pruebas. Algo que ni en Campeche, que se pretenda sea el primer espacio de prueba, se ha considerado totalmente, hasta ahora.

Más allá del grupo de científicos potosinos que busca la solución adaptada a la realidad actual mexicana, tal parece que primero habría que responder a la pregunta “¿por qué es importante abrir las escuelas?” Hay dos elementos fundamentales: impedir que se continúe profundizando la desigualdad y frenar los problemas de salud mental.

Por la salud mental

Para la experta en temas de educación del Cinvestav Alma Maldonado, el regreso a clases es fundamental para los niños, no tanto por el aspecto académico, sino porque la escuela “es donde socializan, donde empiezan a ser independientes”, y estos aspectos no sólo tienen que ver con su desarrollo, también pueden influir en su salud mental.

De acuerdo con un reporte de los Centros de Control de Enfermedades (CDC) de Estados Unidos, a partir de abril de 2020, si bien las visitas a los servicios de urgencias pediátricas disminuyeron probablemente debido al confinamiento, aquellas relacionadas con la salud mental de los niños y a urgencias aumentaron, y se mantuvieron elevadas hasta octubre. 

En comparación con 2019, la proporción de visitas relacionadas con la salud mental para niños de 5 a 11 y de 12 a 17 años creció aproximadamente un 24% y 31% respectivamente; mientras que el número medio de visitas semanales al servicio de urgencias para personas de todas las edades disminuyó significativamente para el asma (-10%), la otitis media (-65%) y las lesiones relacionadas con esguinces y distensiones (-39%). Pero el promedio semanal de las visitas por factores psicosociales aumentaron 69 por ciento.

El informe atribuye esto “a la implementación generalizada de medidas de mitigación comunitarias”, entre las que está el cierre de escuelas, donde “muchos de los niños reciben servicios de salud mental”, y apunta que los datos “sugieren que la salud mental de los menores justificaba una preocupación suficiente para visitar los servicios de urgencia durante una época en la que se desaconsejaban las visitas que no fueran de emergencia”.

›Los datos coinciden en lo general con un estudio mucho más focalizado hecho por investigadores de la Universidad de Harvard, que han estado siguiendo a 224 niños de siete a 15 años. En el estudio se encontró que, entre noviembre de 2020 y enero de 2021, alrededor de dos tercios de los niños tenían síntomas clínicamente significativos de ansiedad y depresión, y una proporción similar tuvo problemas de comportamiento como hiperactividad y falta de atención. 

Estos resultados contrastan con el 30% que mostraba síntomas de ansiedad y depresión, y el 20% con problemas de conducta antes de la pandemia. Como era de esperar, los síntomas fueron más comunes entre infantes con experiencias relacionadas, como que un miembro de la familia fuera hospitalizado o muriera a causa de Covid-19 o que alguno de los padres perdiera el trabajo.

Se ha visto que las edades de ocho a 14 años son particularmente delicadas, pues es la época de mayor neuroplasticidad y el cerebro es particularmente sensible a eventos externos y experiencias de aprendizaje. Es cuando los niños comienzan a formar sus identidades y cuando pueden surgir problemas de salud mental como la depresión y los trastornos alimentarios; aunque también es la edad en que se genera la resiliencia. 

Inequidad

Para Díaz Barriga, la importancia de abrir las escuelas va incluso más allá del desarrollo y de la salud mental de los niños, aunque sí tiene que ver con aspectos académicos. El experto comenta sobre las consecuencias que tuvo en Guinea, Liberia y Sierra Leona al tener las escuelas cerradas durante nueve meses por la epidemia de Ébola. 

El reporte de dicho estudio indica que “los niños que no asisten a la escuela a menudo corren mayor riesgo de sufrir violencia, violación, matrimonio infantil, trabajo infantil, reclutamiento para peleas, prostitución y otras actividades potencialmente mortales, a menudo criminales”.  

Díaz Barriga agrega que no se debe minimizar el hecho de que la educación es la mejor forma para acabar con la pobreza y la inequidad. Al respecto comenta un estudio del Banco Mundial que se publicó en 2011. “Desde entonces se sabía y aún se sabe que el primer origen de la violencia no es la pobreza sino la inmovilidad social”, señala. 

“Cuando la gente nace pobre y no tiene la oportunidad de dejar de ser pobre, esa angustia, ese coraje, ese resentimiento es el origen de la violencia. Nosotros tenemos lugares, en las zonas rurales de San Luis Potosí, donde ni siquiera tienen teléfonos”, explica. En esos lugares ya se perdió un año la educación, “y eso en un mundo desigual, no es más que agravar lo que ya era grave”.

Y añade: “No podemos permitir que siga aumentando la desigualdad que se ha dado a lo largo de un año, con niños que tienen oportunidad de tomar clases en línea y otros que no tienen medio alguno para prepararse”, si acaso whatsapp, y “no se puede tener educación por ese medio. Entonces, si me preguntan por qué te preocupa que la educación no se eche a andar, la respuesta es muy sencilla: va a aumentar la desigualdad, va a disminuir la movilidad social y va a aumentar la violencia, entonces no tienes desarrollo y ya tienes el ciclo vicioso perfecto”.

8 de cada 10 hogares pobres en el país carecen de acceso a internet, vital para la educación de los niños y jóvenes.

Una batalla sin recursos

La pandemia por Covid-19 expuso e hizo más visibles las desigualdades que ya existían en los sistemas de educación del país, en donde la falta de recursos es la principal causa de deserción escolar a nivel nacional. Datos recientes del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) indican que 2.9 millones de estudiantes abandonaron la escuela por motivos no relacionados a la crisis sanitaria, y se espera que menos del 5% se reincorpore a clases ya que no existen incentivos para que esto ocurra.

Bernardo Naranjo, especialista en educación, relató en entrevista para ejecentral que el sistema no ofrece apoyos para que los niños y adolescentes se encuentren motivados para permanecer en la escuela, por lo que es importante desarrollar mecanismos que garanticen mejores condiciones, especialmente en el contexto de la pandemia, en donde millones de estudiantes se han visto excluidos por la falta de recursos tecnológicos.

El experto señala que el programa nacional para educación durante la crisis sanitaria no contempla la realidad de millones de niños y adolescentes que no tienen acceso a los medios que les permitan seguir con sus estudios, pero tampoco existe un plan o recursos suficientes para garantizar este derecho, ya que en promedio sólo dos de cada 10 hogares pobres en México cuentan con servicio de internet, mientras que sólo seis tienen algun aparato para escuchar la radio.

La última encuesta que INEGI realizó para medir el impacto de la pandemia por Covid-19 en la educación mostró que en el 28.6% de los hogares en México se tuvo que comprar un teléfono inteligente para las clases virtuales, otro 14.3% optó por una computadora y el 5.2% adquirió una televisión para este fin, pero esta proporción desaparece en las viviendas más pobres, en donde la deserción durante el último ciclo aumentó por encima de los 60 puntos, es decir, 6  de cada 10 niños o adolescentes más vulnerables abandonaron la escuela durante el año pasado.

Pero la falta de recursos para la educación no es algo que se limite al ambiente familiar. De hecho, la reapertura de las escuelas de forma segura depende en gran parte de los recursos económicos disponibles. Y es que más allá del trabajo de responsabilidad comunitaria, existe un gasto importante en otros elementos como filtros, pruebas y equipo de protección que se deben mantener en óptimas condiciones para lograr este objetivo.

A pesar de los retos para una posible reapertura de las escuelas, así como el gasto en la creación de contenidos digitales para el programa “Aprende en Casa”, el Presupuesto de Egresos de la Federación para este año contempló un aumento de sólo 3.54% a la Secretaría de Educación Pública (SEP), una cifra que dificulta la implementación de medidas realmente eficientes para controlar los contagios por Covid-19 en los centros educativos del país.

Por ejemplo, el servicio de lavandería, limpieza e higiene de la SEP recibió 175 millones de pesos más que lo presupuestado para 2020, lo que representa un aumento del 62.3%, resulta insuficiente para los requerimientos básicos para un aula segura que debe incluir, según guías internacionales, medidores de dióxido de carbono y filtros especializados entre otros elementos que son más útiles que los desinfectantes, los tapetes sanitizantes o las mamparas personales que se han implementado en algunos países.

Además, se debe considerar el gasto en pruebas de Covid-19 recurrentes que son indispensables para la reapertura escolar, así como el monitoreo constante de la población estudiantil para detectar brotes que puedan poner en riesgo a la comunidad, este toma especial importancia en grupos donde el porcentaje de pacientes asintomáticos es superior a los 95 puntos, como lo son los niños y adolescentes.

Expertos en salud pública consideran que atar la reapertura de las escuelas a la vacunación del personal docente es una sola arista en de un problema multidimensional, en el que se necesita una inversión constante del gobierno federal para asegurar que estos espacios sean seguros, y no se conviertan en focos de contagio como ha pasado en otros lugares del mundo.

La experiencia global, una lección pendiente

El último reporte de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) apunta que mil 500 millones de estudiantes a nivel global fueron excluidos de la escuela debido a la pandemia. Sin embargo México es el único país que mantuvo los centros educativos cerrados desde el inicio de la crisis, mientras que el resto del mundo ha logrado equilibrar la apertura de los colegios dependiendo del crecimiento de casos en cada región.

Las mediciones de la OCDE indican que de las 33 naciones que ofrecen datos al respecto, menos del 40% mantuvieron un porcentaje de apertura total en todos sus niveles educativos, pero que este porcentaje disminuye en grados superiores hasta el 24%. Ante la falta de información en México, Alma Maldonado, experta en educación del Centro de Investigación y Estudios Avanzados (Cinvestav) destaca que “no participamos en este estudio sobre la pérdida de clases por Covid-19 porque seguramente seríamos el último lugar”.

Pero la percepción global sobre el bajo riesgo en el que se encuentra este grupo de edad ylas guías recomendadas para mantener las aulas abiertas, podrían cambiar con la aparición de nuevas variantes del SARS-CoV-2, que ya han mostrado su impacto en los centros educativos de países como Italia o Dinamarca, en donde el linaje B.1.1.7 convirtió estos lugares en focos de rebrotes que rápidamente se expandieron por la comunidad.

Tan solo en Italia, el número de casos por Covid-19 aumentó entre 15 y 20 días después de la reapertura de las escuelas. Según los expertos, la tasa de crecimiento de los casos diarios del SARS-CoV-2 en todas las regiones de este país proporciona evidencia a favor de un vínculo entre el regreso a clases y el resurgimiento de contagios en los centros educativos.

Eric Feigl-Ding, epidemiólogo de Harvard y experto en salud pública, ha sido uno de los principales críticos de la reapertura escolar sin una evaluación de riesgos y la implementación de recursos suficientes para asegurar un entorno libre de contagio; además ha seguido con detenimiento cómo los casos por Covid-19 se han acelerado en regiones que han apresurado este proceso sin las medidas necesarias, por lo que su advertencia es un marco de referencia para lo que podría ocurrir en el país si estás recomendaciones son ignoradas.

México aún se encuentra en una situación vulnerable, en el que los contagios no han sido controlados y la vacunación avanza lentamente por estar atada a la distribución global, por lo que las estrategias para regresar a clases deberán planearse tomando en cuenta esta realidad, así como las lecciones que otros países han compartido al respecto.

“Estoy luchando por visibilizar la necesidad de que tiene que haber educación, que el gobierno tiene que ser proactivo, y no aplicar la forma fácil de me voy a esperar… esta pasividad que hay en padres de familia, escuelas, docentes…No hay nadie tratando de hacer algo por abrir escuelas”,  Fernando Díaz Barriga, evaluador de riesgos en salud.

Ni semáforos ni vacunas son imprescindibles

Desde julio de 2020, el epidemiólogo y virólogo de la UASLP Andreu Comas asesora en materia de seguridad contra Covid-19 a guarderías, preescolares y empresas, y en este momento está trabajando, por un lado con primarias y secundarias privadas con miras a que eventualmente puedan abrir y por otro, en el equipo de Díaz Barriga que busca abrir la escuela oficial.

“Empezamos revisando todas las instalaciones, viendo cuáles son los puntos más críticos, aula por aula, para poder disminuir el riesgo de contagio”, comenta Comas y añade que es necesario que haya separación, ventilación y uso de cubrebocas, “nada que implique un gasto oneroso para la escuela o las familias”. 

Pero Comas y Díaz coinciden en que el factor más importante de todos es la participación de la comunidad.

El epidemiólogo explica que emplean un “sistema de burbujas”, que significa que un salón no se junta con otro salón, hay muchas restricciones en cuanto a viajes y movilidad para las familias y tienen toda serie de preguntas para mantener la seguridad del sistema. No sólo se cuestiona si alguien está enfermo, sino que se sondea para averiguar si hay alguien en la casa que pueda estar enfermo o si alguien en el trabajo ha estado en contacto con algún sospechoso de estar enfermo. 

Estas preguntas se usan porque no es viable desde el punto de vista económico hacer pruebas constantemente a todo el personal de la escuela y a los niños. Al principio se hicieron pruebas de anticuerpos (no existían entonces las de antígenos) para saber a quién sí había que hacerle la prueba PCR (curiosamente, en el caso de la escuela pública sí se van a hacer pruebas PCR constantemente, porque van a estar pagadas por la universidad). 

Además, en el caso de los niños, se pidió a las familias que antes de entrar hicieran una cuarentena de 15 días y que las salidas se limitaran al trabajo y la compra de alimentos. “Solamente hemos hecho pruebas en caso de sospecha, y el 50% de las pruebas que hemos hecho han salido positivas, porque seleccionamos muy bien a quién se las hacemos”, comenta Comas. 

Lo más importante ha sido fomentar la corresponsabilidad, que las familias no se infecten para evitar contagios en la escuela, y en ese sentido, “el trabajo más fuerte ha sido capacitar a los papás y trabajadores. Ha requerido más tiempo que las modificaciones estructurales o de rediseñar protocolos”. 

“Con las preguntas, más las precauciones, hemos logrado hacer un sistema completamente seguro y viable”, agrega. En las guarderías y preescolares que han asesorado, “ha habido casos, sí, pero se han detectado a tiempo, no ha habido brotes y no ha habido que cerrar el sistema de burbujas”. 

Comas y su equipo tienen confianza en el protocolo, al grado que no temen la llegada de las nuevas variantes de preocupación del SARS-CoV-2, “si el sistema de vigilancia funciona. Vamos a tener casos, sí, pero los vamos a poder aislar a tiempo. Una de las características de estas variantes es que los niños y adolescentes suelen tener síntomas, cosa que no ocurre con las anteriores. Así será más fácil el monitoreo”. 

Para el epidemiólogo de la UASLP, no importa mucho el color del semáforo. “Si abro una escuela en verde y no se toman las medidas, va a haber un brote; si abro una escuela con todas las medidas en rojo, no voy a tener brote. En muchos países de Europa, inclusive durante los brotes severos, no cierran las escuelas. Los brotes se dan en las escuelas a nivel preparatoria y universidad, por la movilidad que tienen los estudiantes; pero no en primarias y secundarias”.

“Si logras transmitir la coparticipación responsable en la apertura de escuelas, te apuesto a que podemos reducir la epidemia con las escuelas abiertas. Pero hay que utilizar métodos inteligentes”, concluye Díaz Barriga.

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