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Manuel Lino / Los Intangibles.com

El destino es injusto. Hay muchos ejemplos de eso, como el hecho de que mucha gente sabe quién fue Alexander Fleming, que descubrió la penicilina y que ésta salvo muchas vidas durante la segunda guerra mundial; en la escuela nos platican sobre la forma cómo encontró ese eficaz antibiótico en un cultivo de bacterias que se le enmoheció con un hongo del género Penicillium.

En cambio, poca gente sabe quién fue William Prusoff, que no sólo fue el creador del primer antiviral aprobado, sino que también hizo uno contra el VIH e incluso contribuyó a abaratarlo para que más gente pudiera tener acceso a él. 

“Fue el destino el que contaminó mi cultivo en 1928”, dijo Fleming en su discurso en el banquete al recibir el premio Nobel en 1945. También dijo que “la fortuna volvió a intervenir” 10 años después, cuando Howard Florey y Ernst Chain lograron concentrar y estabilizar la penicilina que “mostró sus maravillosas propiedades quimioterapéuticas”.

›Fleming casi agradeció a “la gran guerra”, pues por ella se superaron las dificultades de fabricación y la penicilina se produjo a gran escala; aunque matizó diciendo que “fue el destino lo que programó su trabajo para que se hiciera realidad en tiempos de guerra, cuando la penicilina era más necesaria”.

La providencia, en cambio, nada tuvo que ver con la búsqueda de Prusoff, la cual estuvo enfocada y decidida, desde el inicio, a encontrar un antiviral, aun cuando, en aquellos años, prácticamente todos los especialistas pensaban que no era posible atacar farmacológicamente a los virus y que cualquier antiviral sería demasiado tóxico para el paciente.

Más aun: desde 1963, cuando la Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos (FDA) aprobó la idoxuridina, el antiviral de Prusoff, se han aprobado formalmente cerca de 100 antivirales para el tratamiento de nueve tipos de enfermedades; pero quiso el destino mandarnos una pandemia de una enfermedad distinta, causada por un virus de una familia para la que no hay vacuna ni antiviral.

El destino, por sí solo, causa desgracias, no tragedias. Para éstas hacen falta los errores y las fallas de carácter de los humanos. Y en el mundo infectado por el coronavirus SARS-CoV-2, cuando personas y gobiernos, están muy pendientes del desarrollo de las vacunas, en las que se invierten enormes cantidades de dinero, poco se sabe del desarrollo de posibles medicamentos. Y esto podría ser un gran error.

La antipática infección

Curiosamente, el mismo cronista a quien se deben algunos de los primeros registros de la idea del contagio, Tucídides en el siglo V antes de Cristo, fue también, según George Steiner, quien primero dio una dimensión trágica al acontecer humano.

Ante la tragedia, “el aumento de recursos científicos y de poder material hace que la humanidad sea más vulnerable”, escribió Steiner en La muerte de la tragedia, y explica: “Las guerras relatadas en el Antiguo Testamento son sangrientas y atroces, pero no son trágicas. Los ejércitos de Israel triunfarán en las batallas si han cumplido la voluntad del Señor y le han rendido culto. Serán derrotados si han violado la alianza divina o si sus reyes han caído en la idolatría”.

“En cambio, las guerras del Peloponeso (que reporteó Tucídides) son trágicas. Oscuras fatalidades y sombríos errores de juicio se despliegan tras ellas. Enredados por falsa retórica y movidos por impulsos políticos que no pueden explicar a conciencia, los hombres salen a destruirse entre sí”. 

Por su parte, las ideas que Tucídides escribió sobre el contagio en su crónica sobre una gran epidemia en Atenas, hacia el año 430 aC, no llegaron más allá; algo que ha sucedido una y otra vez a lo largo de la historia en este tema. 

›Pasó con la primera teoría sistemática sobre el contagio, hecha por Girolamo Fracastorius en 1546 en Venecia, y donde introdujo la noción de la seminaria (o semilla) de las enfermedades, a las que consideraba que “tienen una antipatía no sólo material sino espiritual por el organismo animal”. Pero a finales del siglo XVI, ya nadie citaba el trabajo de Fracastorius. 

Sucedió lo mismo con Athanasius Kircher, el primero en decir que “los efluvios que enferman están vivos” y que se acercó mucho al concepto de infección que tenemos actualmente. Sus estudios se perdieron por siglos.

Ya en el siglo XIX Agostino Bassi de Lodi, Louis Pasteur y Robert Koch dijeron que las enfermedades infecciosas eran causadas por seres vivos. Pero los virus no son seres vivos, así que tardaron más en descubrirse. 

A finales del XIX, tanto Dmitri Ivanosky como Martinus Beijerinck descubrieron al virus causante de una enfermedad de la planta del tabaco llamada mosaico, gracias a un filtro de porcelana que detenía a las bacterias pero no a los virus pasaban. La discusión sobre si eran líquidos o partículas duró 25 años, además ambos descubrieron que, a diferencia de las bacterias, los virus sólo podían multiplicarse al infectar.

Un par de años después, Walter Reed y su equipo descubrieron el primer virus humano, el de la fiebre amarilla. Hasta ahí, no hay tragedias.

Tragedia sistémica

“Alguna vez ayudé a crear un medicamento que podía permitir a millones de personas vivir vidas mejores y más largas”, escribió William Prusoff en el New York Times en 2001, y no se refería a la idoxuridina, que cura el herpes y con el que comenzó la era de los antivirales, sino a una sustancia llamada d4T. 

En 1983, los virólogos franceses Françoise Barré-Sinoussi y Luc Montagnier, trabajando en el Instituto Pasteur, descubrieron el virus de inmunodeficiencia humana (VIH), solo dos años después de los primeros casos reportados de SIDA. 

La idoxuridina se hizo originalmente con la esperanza de que fuera un anticancerígeno, pero no tuvo éxito por ser poco eficaz. Lo mismo sucedió con el primer medicamento contra el VIH, el AZT. Así que Prusoff y su equipo en la Universidad de Yale decidieron buscar sustancias similares y dieron con el d4T, y lo patentaron a nombre de Prusoff y de Yale. La farmacéutica Bristol-Myers Squibb hizo las pruebas clínicas.

El medicamento fue exitoso, pero “no estaba llegando a millones de personas desesperadas que estaban sufriendo porque no les alcanzaba para comprarlo”, escribió Prusoff. 

En 2001, Médicos sin Fronteras y un grupo de estudiantes de la Universidad de Yale empezaron a buscar la forma de bajar los precios de los antivirales contra el VIH, Prusoff los apoyó por completo. Pero la tragedia era inevitable pues es sistémica.

En una charla reciente con la prensa internacional, Nick Dearden, director de Global Justice Now, explica que “tenemos una muy disfuncional manera de investigar y producir medicinas, y se hizo más grave en las últimas décadas”. 

El agravamiento ocurrió a mediados de los 90, “cuando se negoció en la Organización Mundial de Comercio un acuerdo conocido como TRIPS (por su sigla en inglés) Aspectos relacionados al Comercio de los Derechos de Propiedad Intelectual”, el cual da derechos de exclusividad por al menos 20 años y no excluyó a los medicamentos. 

“Durante ese tiempo, la compañía que produce la medicina puede cobrar por ella lo que sea que el mercado le pague”, explicó Dearden. 

“Fue una horrible ironía que el TRIPS entrara en vigor con la pandemia del VIH-SIDA en África”, dice Dearden. “En ese momento teníamos la tecnología, las medicinas, la ciencia para reducir significativamente el daño y el sufrimiento que causa el HIV… pero las medicinas no estuvieron disponibles para los millones de personas que padecieron la enfermedad”.

›El bienintencionado Prusoff formaba parte del sistema. “Se calcula que llevar un medicamento de su concepción al mercado cuesta entre 500 y 800 millones de dólares -escribió Prusoff-… La mayor parte de ese gasto es para hacer las pruebas clínicas que requiere la FDA. Millones se gastan en estudios, solo para que haya toxicidades inaceptables y el compuesto se caiga como una papa caliente… 

“Esos millones perdidos pasan a ser el costo de los medicamentos exitosos”, escribió para tratar de dimensionar la disminución del 1.5% al precio del d4T para el público estadounidense que hizo Bristol-Myers Squibb como resultado de su protesta.

El TRIPS acabó de dar forma a una industria “que no tiene absolutamente ningún incentivo para producir las medicinas, las vacunas ni para lidiar con las enfermedades; menos aún para las enfermedades asociadas a la pobreza, pues no pueden obtener ganancias de eso”, explica Dearden. 

Esta disfuncionalidad sistémica se ha tratado de corregir con filantropía, algo a lo que se opone la activista por el acceso a la salud en Sudáfrica Umunyana Rugege, a pesar de que la organización dirige, SECTION27, es financiada por la filantrópica Fundación Gates.

Para Rugege, el problema es que los filántropos “se sientan a negociar con los gobiernos y son quienes menos cuentas deben rendir. Algunos gobiernos dependen por completo de ellos en todo lo que se refiere a salud pública… Son parte del sistema roto y debe cuestionarse su poder”, dice. 

Por supuesto que ninguna tragedia merece llamarse así si no nos deja la oportunidad de empeorar las cosas. 

La oportunidad de empeorar

Desde hace meses, Costa Rica propuso en la Organización Mundial de la Salud hacer investigaciones libres de patentes sobre vacunas y medicamentos para el coronavirus. La iniciativa se puso en marcha, pero tendrá poca efectividad porque la industria farmacéutica rehusó participar. “Pfeizer dijo que no tenía sentido, AstraZeneca ni siquiera se presentó a la mesa de negociación”, dijo Dearden. 

Mejores posibilidades tiene la propuesta de los gobiernos de la India y Sudáfrica, que sugirieron a la OMS suspender el acuerdo TRIPS durante el curso “extendido” de la pandemia; es decir, no solo hasta que se acabe sino por algo más de tiempo. Por otra parte, otros gobiernos, incluyendo los de países ricos como Alemania e Israel, pero también Ecuador y Chile, han dicho que van a anular patentes (lo cual es legal en emergencias) si lo consideran necesario durante la pandemia.

Pero no hay que echar las campanas al vuelo. “Hoy seguimos desencadenando guerras del Peloponeso. Nuestro control del mundo material y nuestras ciencias positivas se han desarrollado increíblemente, pero nuestros mismos logros se vuelven contra nosotros haciendo más azarosa la política y más feroces las guerras”, dice Steiner. 

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