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Juan Carlos Rodríguez

Una buena y una mala. Esas eran las opciones que había para José Antonio Meade en diciembre de 2017, cuando se anunció que sería el candidato del PRI a la Presidencia de la República.

La buena era que, en el arranque de las precampañas, las mediciones del partido revelaban que Andrés Manuel López Obrador tenía 26% de las preferencias, Ricardo Anaya, 23; y el exsecretario de Hacienda, 21. Sólo cinco puntos lo separaban del puntero. Una distancia manejable, sólo en apariencia.

La mala noticia era que los indecisos sumaban un apabullante 25% de los electores.

Identidad

Los optimistas en el cuarto de guerra de Meade aseguraban que si se exaltaba el perfil “ciudadano” del candidato, una buena porción de los indecisos se inclinarían por la causa tricolor. Sin embargo, los niveles de aprobación del presidente Enrique Peña Nieto estaban por los suelos, el descrédito de los gobernadores corruptos seguía enlodando la imagen del PRI y Meade era visto como cercano a la élite económica del país.

La realidad era innegable, los ciudadanos que no habían definido su voto en su mayoría se decían indignados por los abusos de quienes ostentaban posiciones de poder y la impunidad con la que actuaban. Era evidente, desde entonces, su hartazgo hacia las élites política, empresarial, sindical y religiosa.

Luis Osvaldo Valle Rivas, director de Con Estadística, empresa que realizó estudios de opinión para el equipo de campaña del candidato de la alianza PRI-Verde-Panal, muestra por primera vez a un medio de comunicación los análisis que exploraron desde el principio el perfil de los indecisos, cuyos resultados arrojan que López Obrador despegó en realidad con 40% de preferencias, Anaya con 27 y Meade con 24.

Es decir, una vez que se identificaban los sentimientos de los indecisos, López Obrador “cachaba” la mayoría de esos votos, pues se trataba de un grupo inconforme con el régimen que lo gobernaba y los grupos de poder.

Mi teoría es que en las pasadas elecciones presidenciales hubo un doble castigo. La gente nos decía: ‘no sólo no voy a votar por ellos (llámese PRI, PAN, PRD, empresarios, líderes sindicales y jerarcas católicos), sino que además voy a votar por el que más les duele, por el que más afecte sus privilegios’”, cuenta Valle Rivas, quien colaboró con Rolando Ocampo Alcántar, el coordinador de Opinión Pública de Meade y encargado de llevar el pulso sobre las simpatías no sólo de su candidato, sino de Ricardo Anaya y López Obrador.

De acuerdo con las mediciones que, día a día, hizo el equipo de Meade,  esta fue la primera elección en la que se votó más “en contra de algo” que “a favor de alguien”. En otras palabras, de los 30 millones de votos que obtuvo el tabasqueño, más de la mitad corresponden a personas que buscaron dar un escarmiento a las élites corruptas, y menos de la mitad son sufragios por simpatía con las propuestas o ideas de López Obrador.

El cálculo cobra sentido si se considera que en las elecciones de 2006 López Obrador había obtenido un techo de 14.6 millones de votos (menos de la mitad de los 30.1 millones de sufragios cosechados en 2018) y que en 2012 se cayó a 9.7 millones de votos (apenas 32% de los conseguidos en 2018).

Hoy se sabe, pues, que el líder de la izquierda no fue el único que ganó los comicios del 1 de julio, la mayoría de los votos los obtuvo el repudio hacia las élites, que se vieron rebasadas en las pasadas elecciones, pues ninguna maniobra o posicionamiento que llevaron a cabo contra el tabasqueño logró restarle votos.

El agotamiento del sistema

Los sondeos que cotidianamente vio Aurelio Nuño, jefe de la campaña de Meade, mostraban con claridad una realidad que desde el inicio de la contienda fue infranqueable: el agotamiento del sistema.

“No se puede entender el sólido triunfo de López Obrador y su partido sin notar que fueron ellos los que ‘cacharon’ de manera contundente a este gran segmento de la población que dijo algo como: ‘yo voy a votar porque ya no nos gobiernen los mismos de siempre’. Ninguna otra fuerza política supo ser atractiva para capitalizar de forma importante esta insatisfacción”, reflexiona Valle Rivas.

Durante los cuatro meses de campaña, el PRI y los partidos que abanderaron a José Antonio Meade se enfrentaron a otro escollo: el desgaste de ser gobierno. Además de que el presidente Peña Nieto es el peor evaluado desde que se mide la aprobación a la gestión del Ejecutivo (tiene una calificación de 3.5, en una escala de 0 a 10), ya no hay un solo gobernador que llegue a un 6 de calificación, y muchos andan abajo del 4, de acuerdo con las mediciones que conoció el PRI y a las que tuvo acceso ejecentral.

“En julio quedó claro que los votantes fueron en contra del partido en el gobierno, no sólo en lo federal, sino también en lo local”, asegura el director de Con Estadística.

Según los cómputos finales del INE, el PRI no ganó un solo estado en las elecciones presidenciales y, en contraste, López Obrador sólo fue derrotado en Guanajuato. Para el Senado, sólo en Aguascalientes, Guanajuato y Yucatán ganó el partido del gobernador; y en alcaldías y congresos locales también predominó el voto contra el partido gobernante.

Encuestas de salida que estuvieron en manos del equipo de Meade, momento a momento, revelan que la opinión sobre el desempeño del Presidente fue el cuarto motivo que más influyó en la decisión de por quién votar, con el mismo peso que variables como la opinión hacia los partidos políticos y los candidatos. En el grupo de quienes evaluaron con 7 o más al presidente Peña Nieto, el PRI ganó la elección presidencial, pero eran minoría, apenas el 14% de los votantes.

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El factor “corrupción”

Las métricas que día tras día observaron los estrategas de Meade revelaron que el tema la corrupción fue un grillete para el candidato. Los estudios de opinión de Valle Rivas arrojaron que los malos manejos de los recursos públicos, la falta de transparencia y el abuso del poder para beneficios personales de los políticos fue la variable que más influyó en la decisión de voto.

“Pero aquí tenemos un matiz especial que es algo que nos apareció mucho en los estudios cualitativos: más que la corrupción en sí (el mexicano acepta que el problema de la corrupción se da no sólo en la política, sino en todos niveles sociales), el principal castigo que dio el votante fue hacia los privilegios”, concluye el director de la encuestadora.

Añade: “Estoy convencido de que el principal hartazgo de la ciudadanía es contra todos aquellos que viven de una manera cómoda, con lujos y que además parece que pueden hacer lo que les plazca sin ser castigados por las leyes. Aquí obviamente la clase política ha tenido mucha exposición, pero este hartazgo de los privilegiados no sólo se limita a la política; en este proceso vimos cómo varios empresarios de renombre, líderes sindicales y hasta religiosos quisieron influenciar en su entorno en contra de López Obrador, y obtuvieron resultados contraproducentes para sus intereses”.

Durante la campaña, empresarios como Germán Larrea, de grupo México; Carlos Slim, de Grupo Carso; Claudio X. González, de Kimberly Clark México; José Antonio Fernández Carvajal, de Fomento Económico Mexicano; Eloy Vallina, del Grupo Chihuahua, así como directivos de las empresas Coppel, Herdez y Vasconia se pronunciaron en contra del populismo (en alusión a López Obrador) y llamaron a votar por alternativas distintas.

Si se analizan los resultados electorales en los estados que son sede de estas grandes empresas se notará que allí ganó López Obrador. “Lo que estos grandes empresarios perdieron de vista es que se creó una división entre los privilegiados y el ciudadano común. Lo que la gente nos decía era: ‘Claro, los jefes son los más beneficiados, ellos quieren seguir así, pero ¿los ciudadanos qué?’”, refiere Valle al recordar los sondeos levantados durante los momentos de mayor tensión entre el tabasqueño y los integrantes del Consejo Mexicano de Negocios (CMN).

“Lo que capitalizó muy bien AMLO en esta campaña fue: ‘conmigo no están los privilegiados, yo sí estoy del lado del ciudadano; conmigo no habrá abusos ni dispendio’. Si tú revisas los mítines de AMLO durante la campaña, descubrirás que cuando más le aplaudía la gente era cuando decía: ‘estas casas que tienen se van a acabar, esa vida de faraones se van a terminar’.

“Las propuestas, en sí, no permearon tanto. Lo que nosotros identificamos como su mayor fortaleza fue el discurso de ‘voy a acabar con la mafia del poder, con este grupo privilegiado’. Su gran mérito fue cachar todo este disgusto contra las élites y volverse el único que habló en contra de los privilegios”, remarca Valle.

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El sentimiento de los votantes

Después de la corrupción y los privilegios, las variables que más influyeron en los votantes fueron la percepción de seguridad y la noción de que la economía va por mal camino. Entre los capitanes del equipo de Meade siempre se tuvo certeza de dos enunciados: “la población tiene miedo de ser víctima de algún delito” y “hay un sentimiento de que la economía va mal”, y entre mayor era el resentimiento, mayor era la preferencia por Morena.

En los pizarrones del cuarto de guerra de Meade nunca hubo escenarios positivos. En las encuestas que se estudiaron al interior del equipo, el mejor momento del exsecretario de Hacienda fue diciembre de 2017, cuando se anunció que él será el candidato del PRI, pues aumentó su nivel de conocimiento, se remarcó que no es priista y se destacó su calidad de “ciudadano”.

Sin embargo, la verdad que mostraban los números en manos del PRI, es que el aspirante nunca levantó. Fluctuó entre el 19 y el 22% de las simpatías, en ningún momento superó a Ricardo Anaya, para terminar con un 16.9% de la votación.

Valle Rivas compartió con ejecentral un estudio que nunca se publicó y que sólo sirvió para proveer de insumos a los tomadores de decisiones en el equipo de campaña de PRI-Verde-Panal. Se trata de un modelo donde el grupo de indecisos fue sometido a una serie de filtros para saber hacia dónde se inclinaban sus preferencias.

Con este modelo, el panorama de Meade nunca fue alentador, pues la mayoría de aquellos que no contestaban o no sabían por quién votar, en realidad eran personas descontentas con las élites, con el sistema, con la economía y con la inseguridad, lo que los convertía, en automático, en potenciales votantes de López Obrador. Bajo este esquema, Meade comenzó con 24% de preferencias en diciembre de 2017, 22% en febrero, 20% en junio, para terminar con una votación de 16.9 por ciento. En contraste, al filtrar a los indecisos, las simpatías hacia AMLO se disparaban: de 40% en diciembre de 2017, pasó a 45% en febrero, 49% en junio para terminar con un inusitado 54.8 por ciento.

“Con mi modelo descubrí que el que no contestaba en las encuestas tenía un perfil específico: estaba en contra de Peña Nieto, del PRI, el PAN, los ricos del país, estaba harto del sistema y querían que las cosas cambiaran”, comenta Valle Rivas.

El analista estima que López Obrador llegó a superar el 50% de los votos por varios motivos: los votantes que se subieron a la ola ganadora (no estaban seguros de votar por él, pero decidieron no votar por uno que iba a perder), Meade y Anaya nunca dejaron de pelearse por el segundo lugar, los malquerientes de López Obrador no salieron a votar y, en cambio, los fans del tabasqueño lo hicieron masivamente.

Y un dato más. Los estudios que hicieron los adversarios del tabasqueño para saber si la gente lo percibía como un personaje impoluto, dieron como resultado que el hoy Presidente electo no se le percibe totalmente limpio. “La gente sí ve como corrupto a López Obrador, piensan: ‘seguro da dádivas o le da vuelta a la ley’, pero no es comparable con lo que están haciendo los del sistema, están robando millones, que echaron a andar la Estafa Maestra o construyen bodegas como la de Anaya.

“Para la gente, AMLO está en otro nivel de corrupción, en el nivel de la gente de a pie; no es el que abusa del poder, se enriquece o llena de lujos a su familia; no es que sea súper honesto, tampoco, pero sí va en contra de los privilegiados y además los privilegiados lo odian; entonces si lo odian voy con él”, opina Valle.

En 2018 predominó un voto contra el gobierno-PRI, contra un PAN que no dio resultados y es visto como parte del mismo sistema, y contra las élites que abusan del poder, pues de hecho hubo candidatos de Morena que ganaron y que la gente todavía no sabe ni quiénes son.

López Obrador no sólo lo comprendió y se benefició, sino que ahora pretende darle forma siendo gobierno, por ahora en la transición a eso obedecen las consultas sobre los programas y proyectos importantes, según ha declarado.

“Es importante lo de la consulta porque es preguntarle a la gente; además, los mexicanos queremos que nos pregunten. Eso a lo mejor no se ha medido. Yo sí lo tengo claro, porque yo recojo los sentimientos de la gente y la gente quiere ser tomada en cuenta —expuso el lunes pasado en el programa de Tercer Grado—. Nos han rebasado, nos quedamos con la democracia representativa, con la elección, y la gente quiere también la democracia participativa, quiere ser tomada en cuenta. Eso lo tengo muy claro y además es un asunto de principios”. 

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