Imagina que tu hijo, sobrino o algún niño pequeño que conoces y quieres mucho, ahora mismo está jugando un inocente juego en línea sin saber que, del otro lado de la pantalla, entre los muchos amigos que probablemente está haciendo, hay alguno que es un potencial peligro. No, no es sólo un escenario hipotético, es un riesgo real. Y es que, en el mundo digital, la vulnerabilidad infantil ha encontrado un terreno fértil para la depredación.
La plataforma Roblox, con más de 66 millones de usuarios activos diarios, se presenta como un espacio para la creatividad y el juego colaborativo, pero también se ha convertido en un patio de caza para depredadores sexuales. Según investigaciones recientes, en sus salas virtuales no solo circulan juegos, sino también redes de pederastia que, ante la falta de supervisión, han encontrado la forma de acercarse, manipular y violentar a los más pequeños.
El problema no está únicamente en la existencia de estos depredadores, sino en el vacío de control y responsabilidad compartida. Las empresas tecnológicas, obsesionadas con el crecimiento y las ganancias, apenas reaccionan cuando las denuncias llegan a los titulares. Y los padres, muchas veces sobrecargados o confiados, ignoran que esa “zona segura” donde sus hijos pasan horas construyendo mundos digitales puede transformarse en un campo minado.
La paradoja es evidente: mientras más interconectados estamos, más solos se encuentran los menores en estos espacios. Sin un adulto que supervise, sin filtros adecuados y sin una cultura de prevención clara, la brecha entre juego y abuso se vuelve peligrosamente delgada. Roblox, que presume ser un lugar de imaginación sin límites, también se ha convertido en un escenario donde la ingenuidad de un niño puede ser el blanco perfecto de quienes buscan explotarla.
Los casos registrados no son anecdóticos ni aislados. Son parte de una tendencia global que debería obligarnos a repensar la manera en la que los adultos nos relacionamos con la tecnología y la infancia. No basta con prohibir el acceso a estas plataformas, tampoco con dejar que los niños se críen en la intemperie digital. Es necesario educar, acompañar y, sobre todo, exigir que las empresas que lucran con el tiempo y la atención de millones de menores asuman la responsabilidad de protegerlos.