Luis M Cruz

1. Al aproximarse la cita en noviembre para la Conferencia de las Partes sobre el Cambio Climático, la llamada COP26 en Glasgow, Escocia, cunde la alarma ante los magros resultados alcanzados hasta el momento, no obstante los compromisos asumidos en París 2015. Realmente, ningún país ha cumplido lo que entonces se propuso, que es reducir las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI), notoriamente CO2 aunque no sea el único que causa ese efecto, por lo que ahora la Organización de las Naciones Unidas lanza un nuevo llamado a redoblar esfuerzos urgentemente para lograr contener el incremento de la temperatura global en no más de dos grados centígrados –1.5 grados sería lo ideal—tan pronto como en el año 2030. 

2. El cambio climático catastrófico es, desde luego, una amenaza existencial, asunto medular para la vida humana en el planeta, pues la población sigue creciendo inconteniblemente sobre todo en Asia, cuando seremos 10 mil millones de personas para el año 2050.  Si actualmente somos 7 mil 500 millones, tal incremento en tan sólo 20 años representa una presión incuantificable sobre los recursos del planeta, pues se requerirá producir alimentos, vivienda, servicios y trabajo para una población global como la que existía en el año 1960. Esa correlación entre el crecimiento poblacional, la demanda de recursos naturales y el incremento en las emisiones de gases de efecto invernadero está sólidamente establecida desde los tiempos de Thomas Maltus, quien en 1798 postulara que el crecimiento poblacional pondría en jaque la disponibilidad de recursos tan pronto como en 1830. Diversos desarrollos científicos en las sucesivas revoluciones industriales vividas desde entonces han permitido producir cada vez más, pero agotando cuantiosamente las reservas de recursos naturales disponibles. 

3. Evidentemente, todo tiene un límite y parece ser que estamos próximos a alcanzarlo, porque al consumir más y más recursos naturales, también se están emitiendo cuantiosos volúmenes de gases GEI que a su vez, retienen más calor y elevan la temperatura global, lo que acelera el deterioro y erosión de los suelos, cambian los patrones hidrometerológicos, se extienden las sequías, los incendios forestales, se derriten glaciares y los hielos del Artico y la Antártida, con lo que el reservóreo natural es cada vez menor. Y el crecimiento de la población del mundo no parece ser que vaya a detenerse en un futuro cercano.

4. Es claro que ya no es un asunto de cómo producir más, sino cómo hacerlo de mejor manera, utilizando menos energéticos y reduciendo al extremo la emisión de gases GEI. Según el panel de expertos de la ONU, hacia el año 2030, de no hacerse algo contundente, estaríamos en un punto de no retorno, cuando hagamos lo que hagamos el cambio climático no se detendría. Sin embargo, en este esfuerzo, hay unos que pueden hacer mucho más que otros. El 80% de las emisiones del mundo son generadas por las grandes economías industriales, señaladamente China, los Estados Unidos, la Unión Europea, Rusia, Brasil e India. Peor aún, el impacto directo del cambio climático afecta desproporcionalmente a los países menos ricos del mundo, México entre ellos, quienes cada año reciben el impacto de severas sequías o descomunales precipitaciones, huracanes o incendios forestales descontrolados. 

5. El problema en Glasgow será, como ha pasado en otras cumbres ambientales –ya irán en la 26— que se tratará de distribuir asimétricamente la carga y la responsabilidad de lo que tiene que hacerse, pretendiendo realizar las acciones de mitigación o remediación mediante créditos, lo que otra vez llevará a hacer poco o nada. Lo que en realidad se requiere es crear un gran fondo de remediación, para que esas grandes economías responsables del cambio climático financien la transición tecnológica y energética y a fondo perdido se realicen las inversiones necesarias para limitar o reducir las emisiones de una manera tangible. 

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