Juan Antonio Le Clercq

El futuro nos alcanza y toma forma de catástrofe distópica. Dos notas publicadas esta semana en diarios internacionales, eventos propios de la literatura de ciencia ficción, nos advierten que las consecuencias del cambio climático global son una realidad, que tienen efectos destructivos para nuestra generación y que transformarán radicalmente el medio ambiente en el que vivirán nuestros hijos y nietos.

La primera historia informa la invasión de osos polares hambrientos en una población del archipiélago ruso de Novaya Zemlya. Los reportes refieren a más de 50 osos —no perder de vista que, por lo general, suelen ser solitarios— buscando alimento entre la basura, persiguiendo por las calles a los asustados pobladores e incluso irrumpiendo en casas.

Esto se debe en parte a criterios inadecuados para manejar la basura, la que dejada a la intemperie atrae a los animales y, en especial, a osos polares hambrientos. Sin embargo, el problema de fondo es que, ante la alteración de su hábitat como resultado del cambio climático, los osos tienen cada vez mayores dificultades para buscar su alimento sobre el hielo y se adentran en comunidades humanas donde la basura se convierte en la alternativa a morirse de hambre. Es el calentamiento de los océanos y el deshielo del Ártico lo que amenaza los ciclos vitales de los osos polares y aumenta el riesgo de encuentros entre comunidades humanas y animales desesperados por hallar alimento.

La tragedia de los osos polares representa una de las imágenes más populares sobre las consecuencias del cambio climático antropogénico; sin embargo, el riesgo latente de una cuarta extinción masiva amenaza a múltiples especies. Entre ellos los insectos, como destaca un estudio publicado recientemente en la revista Biological Conservation.

Este análisis señala que el declive en los insectos equivale a 41% en la última década, mientras que en los vertebrados es de 22%. En algunas especies el declive es mayor, como los tricópteros (68%), mariposas (53%), escarabajos (49%) y abejas (46%). Su tasa de extinción se calcula ocho veces más rápida que en otras especies y hasta un tercio del total se encuentra en peligro de desaparecer. La pérdida de biomasa total de insectos alcanza un 2.5% anual, lo cual significa que su desaparición en cien años.

El declive en la biomasa de insectos es producto de contaminación, uso de pesticidas para la agricultura, destrucción, la alteración de ecosistemas para urbanización y el aumento en la temperatura. Lo que somos incapaces de entender es que ante las funciones indispensables que realizan los insectos en los ecosistemas, sea para la polinización de plantas o como alimento de otras especies, su de-
saparición se traduciría en una alteración catastrófica de la naturaleza que puede poner en riesgo nuestra propia supervivencia como especie.

No queda mucho tiempo para evitar un incremento mayor en la temperatura global y alteraciones irreversibles en los sistemas y ciclos vitales del planeta. De acuerdo con el último reporte del IPCC, nuestro margen se reduce a poco más de una década. No hay vuelta de hoja, necesitamos una revolución verde que modifique drásticamente nuestros patrones producción, distribución y consumo de bienes y contenga la extracción y explotación irracional de recursos naturales. Nuestra tragedia es que los gobiernos democráticos han sido incapaces de impulsar una agenda de cambio global más eficiente, efectiva y justa, mientras que los gobiernos autocráticos y los nuevos populismos están decididos a correr en dirección contraria.  Las advertencias de la naturaleza están a la vista de todos, son nuestros intereses económicos, las agendas políticas y la irresponsabilidad de nuestros líderes lo que obstaculiza una transición global hacia formas de desarrollo más sustentables.

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