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Alejandro Alemán

Alejandro Alemán

A inicios de los años 60, el dibujante Steve Ditko y el escritor Stan Lee crean un nuevo personaje claramente influenciado por la subcultura de las drogas alucinógenas (tan en boga en aquel entonces), con gran inventiva visual, tonos surrealistas e inspirado en las pinturas de Dalí y la cultura Beat de la época. Su nombre: Dr. Strange.

Con un público más bien de nicho, Dr. Strange llega a la pantalla grande sin tomar demasiados riesgos, o al menos no más allá del inherente: estamos ante un personaje no tan popular en el Universo Marvel, lo cual predispone la cantidad de dinero que esta película podría generar. Recordemos que para Marvel, eso es lo que al final más importa.

Mucho se dijo sobre la similitud entre esta cinta y aquella que lo inició todo, Iron Man (Favreau, 2008) pero ello no deja de ser una exageración. Si bien es cierto que el papel de Dr. Strange le viene como guante a un Benedict Cumberbatch que no pierde el humor y proyecta carisma, le falta mucho tramo para emular el cinismo tan natural de Robert Downey Jr.

La historia tampoco arriesga; estamos ante un relato de origen simple pero bien ejecutado, divertido, que evita lo más que puede el tedio, con un villano algo desperdiciado (Mads Mikkelsen, con el mismo plan que R’as Al Ghul en Batman Begin) y cumpliendo el compromiso que todo filme Marvel debe cumplir: convertirse en un eslabón más de una cadena infinita de filmes por estrenar en el futuro.

Los visuales (edificios que colapsan en si mismos cual mandalas, peleas en pasillos donde la gravedad no existe) ya los vimos antes en Inception (Nolan,2010), y aunque seguramente estos costaron más caros, tampoco aportan mucho a la trama. Se ven bien, sobre todo en IMAX y 3D.

Nada nuevo bajo el sol: tenemos un nuevo héroe, Marvel tiene otro hitazo y Cumberbatch tiene chamba asegurada de aquí a seis años. Como siempre, el negocio ha salido bien pero, ¿y el cine? El cine -dice Marvel cada año- puede esperar.

@elsalonrojo

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