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Manuel Lino / Los Intangibles.com

Empecemos por la mala noticia: El 20 de junio se registró una temperatura récord de 38 °C en la ciudad siberiana de Verkhoyansk, ubicada dentro del Círculo Polar Ártico. El dato fue tan sorprendente que la Organización Meteorológica Mundial (OMM) decidió verificar que fuera cierto. El 30 de junio anunció que sí era cierto. 

Este inusitado pico del termómetro sucede en medio de una prolongada ola de calor en la zona que, desde inicios del 2020, ha mantenido una temperatura promedio 5 °C por arriba de lo que es usual en la región para la época del año; también ha habido un importante aumento en incendios forestales.

Pero hay una buena noticia: el pasado 15 de julio, un grupo de científicos publicó un informe en el que calculan que esta ola de calor en las inmediaciones del Polo Norte tiene 600 posibilidades contra una, de ser debida a la acción humana. Ok: eso no parece ser una buena noticia… 

Para explicar por qué sí lo es, podríamos irnos unos 150 años al pasado, al momento en que John Tyndall descubrió una propiedad curiosa del dióxido de carbono, que atrapaba el calor (sí, el conocimiento del efecto invernadero es más viejo que el automóvil). 

También podríamos irnos a finales del siglo XIX, cuando el científico sueco Svante Arrhenius calculó que esa propiedad del CO2, considerando la cantidad de combustibles fósiles que se estaban quemando, podría llegar afectar a toda la Tierra. Si avanzamos unos años, a 1938, podríamos partir del ingeniero Guy Callender, quien se dio cuenta de que ya la estaba afectando. 

Pero sería mucho mejor empezar esta historia platicando sobre una sociedad secreta de brillantes científicos, creada durante la Guerra Fría y que a finales de los 70 entregó un informe que, de habérsele hecho caso, nos podría haber evitado muchos problemas.

El secreto de los Jasons

No es que fuera exactamente una sociedad que operaba en secreto, pero muy pocos sabían de su existencia hasta que la periodista Ann Finkbeiner los dio a conocer. En su artículo aparecido en la revista Science en 1991 cuenta que el grupo JASON (o los Jasons), se integró en medio de la guerra fría, en 1957, cuando Rusia puso en órbita el satélite Sputnik.

Fuera por su orgullo herido o por el temor de ser atacados desde el espacio, el hecho es que unos 45 académicos (sobre todo físicos) de mucho prestigio ofrecieron asesorar al gobierno de Estados Unidos en temas de seguridad y defensa. Y así lo hicieron, con financiamiento de la Agencia de Proyectos de Investigación Avanzada de Defensa (DARPA). 

Por cierto, el nombre fue sugerido por la profesora de matemáticas Arleen Goldberg, cuyo esposo, el físico Marvin Goldberg, fue uno de los fundadores del grupo. Arleen propuso que, en lugar de llamarse Project Sunrise, tomaran el nombre de Jasón, el inteligente capitán de la nave Argos, quien, en su búsqueda del vellocino de oro, resolvía los problemas con ingenio en lugar de la fuerza bruta. 

En su libro Los Jasons, la historia secreta de la élite científica de la posguerra, Finkbeiner da una lista de las muchas contribuciones científicas que hizo el grupo; aquí sólo mencionaré el informe que rescatan los historiadores de la ciencia Naomi Oreskes y Erik Conway en Los mercaderes de la duda. 

20 mil kilómetros cuadrados de territorio siberiano se habían quemado en lo que va del año hasta el 25 de junio, tres mil km2 más que la misma fecha hace un año, según datos oficiales. 

En 1977, tras una serie de sequías que causaron hambrunas sobre todo en Asia, el gobierno de Estados Unidos solicitó a los Jasons que presentaran un informe sobre el futuro del clima global. 

La conclusión del grupo, dada en 1979, no difería de la que diversos climatólogos habían comentado desde antes: Duplicar los niveles de dióxido de carbono desde las 270 partes por millón que había en la época previa a la revolución industrial, resultaría en un aumento promedio de la temperatura de la superficie terrestre de 2.4 °C, y que eso sería devastador para la agricultura a nivel mundial.

De hecho, en el mismo 1977, la Administración Nacional de Océanos y Atmósfera (NOAA) publicó una investigación, más completa, detallada y hecha por climatólogos que advirtió que el cambio climático podría “tener consecuencias terribles para el futuro de la sociedad” … los problemas científicos son formidables, los problemas tecnológicos no tienen precedente y los impactos potenciales a nivel económico y social son ominosos”, decía el informe y sugería reducir las emisiones de dióxido de carbono.

Pero como escribieron Oreskes y Conway: “no era lo mismo que lo dijeran los científicos a que lo dijeran los Jason”. 

Aun así, la admistración de James Carter estaba pensando en invertir mucho más en una nueva forma de combustible fósil, por lo que se pidieron diversas confirmaciones a la Academia Nacional de Ciencias (NAS).

El Trío y la ciencia del engaño

Las maestras en el “arte” de usar algo parecido a la ciencia para engañar al público han sido las compañías tabacaleras, que desde diciembre de 1953, en conjunto con la empresa de publicidad Hill & Knowlton, pusieron en marcha una inteligente estrategia que les funcionó durante decenios para generar dudas aparentemente razonables sobre la capacidad del humo de tabaco para provocar cáncer de pulmón. 

La estrategia se puede resumir con tres frases, con la condición de que sean dichas por un científico de cierto renombre: “No hay evidencia suficiente”, “Esa no es toda la historia” y “No todos los científicos están de acuerdo”.

Si la estrategia funcionó en el caso del tabaco, el cambio climático no fue rival, sobre todo por culpa del océano, que tiene la propiedad de poder absorber mucho calor sin tener cambios fuertes de temperatura. Como consecuencia, ha retardado el calentamiento y ha hecho muy difícil probar que ya estaba en marcha. Los Jasons, el NOAA y los climatólogos, desde los años 80, sabían que para el momento en que se pudiera probar sería muy tarde para detenerlo. Y así fue.

A cargo del comité de la NASA quedó William Nierenberg un físico nuclear, que hizo algunas cosas raras: una, no siguió la costumbre de revisar la investigación ya realizada de manera independiente sino que insistió en hacer nueva investigación y, dos, escogió cuidadosamente a los expertos que evaluarían la evidencia y a los investigadores que harían la nueva investigación.

El resultado fue que los expertos no se pudieron poner de acuerdo ni para hacer el resumen ejecutivo. El reporte, publicado en 1983, acabó siendo dos reportes: por un lado, los científicos naturales confirmaron la inminencia del cambio climático, su gravedad y la necesidad (que siempre señalan los científicos) de hacer más investigación. 

Por el otro lado, los economistas hicieron los dos capítulos finales, donde señalaban las muchas fuentes de incertidumbre, y por tanto coincidieron en la necesidad de investigar más, pero confiaron en que aún faltaba mucho tiempo para que el cambio fuera notable y, con el argumento, entre otros, de que saldría más caro invertir en solucionar el problema en ese momento que cuando realmente se presentara, recomendaron esperar. 

Pero no se sentaron a esperar, Nierenberg junto con otros dos físicos reconocidos, Robert Jastrow y Frederick Seitz (conocidos como El Trío), desde el Instituto Marshall, se dedicaron activamente a combatir la noción del cambio climático y al movimiento ambientalista. 

A diferencia de los científicos contratados por las tabacaleras, no parece que El Trío haya actuado movido por un interés monetario sino por convicciones personales. Al menos esa es la conclusión de un análisis cultural realizado por Myanna Lahsen. 

130 años tendrían que pasar para que se diera la siguiente ola de calor prolongada en Siberia. 

“Nierenberg y Seitz rechazan implícitamente la noción de que la naturaleza es frágil. Tampoco aceptan declaraciones de inminente apocalipsis ambiental”, escribió Lahsen. “Son científicos de ‘alta resistencia’ cuando se trata de evaluar evidencias sobre amenazas ambientales”, explica, haciendo referencia a que exigen evidencias contundentes en ese tema; “mientras que los defensores de la preocupación por el cambio climático requieren altos niveles de prueba cuando se trata de la seguridad ambiental, es decir, se suscriben al principio precautorio”.

Lahsen comenta que en su entrevista con Nierenberg, éste refutó la evidencia ampliamente aceptada, sobre la protección que brinda el ozono estratosférico a la salud humana. “¿Sabe que no hay evidencia real de que el melanoma sea causado por la radiación ultravioleta tipo B?’’, le dijo.

Esa “evidencia real”, dura o directa solo se podría producir haciendo experimentos en los que se expusiera a un grupo de personas a la radiación UV-B y a otras, el grupo control, no, y ver quiénes desarrollan cáncer de piel y quiénes no. Es decir, la evidencia directa en estos casos requiere acciones que ningún comité de ética admitiría.

El compromiso de El Trío con la reacción contra el ambientalismo “puede, en parte, leerse como una reacción a una pérdida de privilegios y una disminución general de estatus de la física”, comenta Lahsen, y pone como ejemplo que Nierenberg comentó, en una audiencia ante el Congreso de Estados Unidos sobre lo que había dicho un grupo de científicos agrícolas: “No son físicos nucleares, por lo que no los tenemos en una consideración muy alta”.

Epílogo 

Las cosas han cambiado. Aún no termina la ola de calor en Siberia y ya salió un estudio al respecto detallado y acucioso. Por ejemplo, para analizar la influencia humana en la ola de calor que ya lleva medio año no se usó un modelo matemático sino 50 diferentes, que fueron los que cumplieron con los estándares de precisión de entre 71 modelos. Para el análisis correspondiente del pico de los 38 °C en Verkhoyansk se usaron 33 modelos de los 55 que se probaron. 

Con esta precisión calcularon que los eventos de este tipo ahora tienen más de 600 veces más probabilidades de ocurrir que a principios del siglo XX, y pronostican que para el año 2050, esperamos que dicho período cálido regional en los primeros seis meses del año sea al menos otro 0.5 °C más cálido, y posiblemente hasta 5 °C más cálido”.

600 veces más probable es que la actual ola de calor en Siberia sea debida al cambio climático por acción humana. 

Es cierto que ya prácticamente no quedan científicos (sean físicos o economistas) que nieguen la realidad del cambio climático, que éste es causado por la acción humana ni que la estrategia adecuada ante el problema consiste en reducir las emisiones de dióxido de carbono y aumentar o al menos conservar a sus “secuestradores” naturales, las selvas y los bosques. 

El problema es que, por lo visto, tampoco queda quien los necesite. Los negacionistas con poder, aprendieron el truco y ahora niegan a la ciencia en general o simplemente no le hacen caso, mientras que para seguir quemando combustibles fósiles y destruyendo ecosistemas alegan razones que ningún estudioso de las ciencias económicas podría validar. Trump, Bolsonaro y López Obrador son estupendos ejemplos de esto…

Así que, por un lado, es desafortunado que el récord de temperatura siberiano se produzca en épocas de Covid-19, cuando es poco probable que se le haga caso. Pero por otro lado, el nuevo coronavirus ha venido a constatar que es muy mala idea ignorar a la ciencia o pretender que esta trabaje en beneficio del poder político o económico. Ojalá aprendamos la lección. 

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