Compartir

Manuel Lino / Los Intangibles.com

Dos  días antes de Navidad, Laboratorios Alpharma BioGenTec, dirigido por Carlos Solís, entregó en el Instituto de Investigaciones Biomédicas de la UNAM los insumos necesarios para probar la que podría convertirse en una vacuna mexicana contra la Covid-19.

Solís, egresado de la UNAM, hizo una estancia doctoral en la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Harvard y otra en la Universidad de Texas, trabajó 10 años en el Instituto Pasteur de París; sin embargo, cuando ya tenía la doble nacionalidad y la oportunidad de quedarse a trabajar en Francia, hace siete años, decidió regresar a México:

“Veía que en México hay muchas oportunidades de desarrollar la ciencia y la tecnología con un enfoque diferente al tradicional… siempre estuve interesado en proyectos de impacto social y eso me llevó a un camino de emprendimiento tecnológico”. 

Fue así que, hace poco más de ocho años, llegó a la incubadora de emprendimientos de la UNAM. “A raíz de esa labor, me relacioné con la empresa Grupo Neolpharma, mi compromiso fue empezar a desarrollar moléculas y procesos”, para lo cual Solís consolidó un laboratorio de desarrollo. 

Poco después, Laboratorios Alpharma ganó una convocatoria del Conacyt con la que obtuvo los recursos para construir la planta biotecnológica que, si todo sale bien, se va a utilizar para fabricar una vacuna contra la Covid-19, misma que fue diseñada entre el Instituto de Investigaciones Biomédicas de la UNAM y Alpharma BioGenTec, y se espera que pronto inicie las pruebas clínicas fase 1 y pueda estar lista para finales de este año.

Edda Sciutto, la investigadora líder del proyecto junto con Juan Pedro Laclette, explicó a ejecentral las particularidades que hacen de esta vacuna una apuesta bastante segura y una propuesta original dentro de la multitud de vacunas que se están haciendo, probando y aplicando para combatir al SARS-CoV-2.

Una vacuna hecha de fragmentos

Como casi todas las vacunas que han sido aprobadas hasta ahora para combatir la pandemia de Covid-19, la vacuna UNAM/AP-rP9 se basa en la proteína espiga (S) del SARS-CoV-2, llave de entrada para acceder a nuestras células e infectarlas. 

Pero a diferencia de casi todos los demás proyectos vacunales que se están desarrollando y de las vacunas ya existentes, sólo aprovecha un fragmento altamente inmunogénico. 

Tras diversas evaluaciones con ratones llegaron a un producto que funcionaba, y encontraron, entre otras características y condiciones, en qué dosis y por qué vía de administración funcionaban mejor.

En este caso, “funcionar” significa que genere inmunidad, sobre todo, aunque no exclusivamente, los llamados anticuerpos neutralizantes; es decir, aquellos que se unen a la proteína S de tal manera que bloquean su acción e impiden la infección del SARS-CoV-2.

Tras esta etapa, que hicieron en colaboración con la Facultad de Veterinaria de la UNAM, se incorporó al proyecto Carlos Solís, que había sido discípulo de Laclette y para ese momento era director de operaciones, investigación y desarrollo, y producción de Alpharma BioGenTec, empresa del Grupo Neolpharma. 

Con esto desarrollaron un producto “recombinante”, lo cual significa que modificaron el ADN de unas bacterias para que ellas elaboraran la proteína. Esta técnica está muy explorada; se utiliza, por ejemplo, para hacer la insulina que se inyectan las personas con diabetes y la vacuna de la hepatitis B.

Esta proteína se ha hecho en la planta biotecnológica de Alpharma BioGenTe, con lo que se conoce como “buenas prácticas” (en referencia a pureza y estabilidad), por lo que podría usarse en humanos; de hecho, un laboratorio de la Facultad de Química de la UNAM, que está autorizado por la Comisión Federal de Protección de Riesgos Sanitarios (Cofepris), ya demostró con una batería extensa de pruebas la inocuidad de la vacuna y que no tiene ningún efecto colateral asociado.

Mejor de lo esperado 

A principios de 2021, llegó el momento de probar la capacidad inmunogénica de la vacuna, cosa que hicieron con ratones, hámsters y cerdos. “Demostramos que se producen altos niveles de anticuerpos, los cuales tiene alta capacidad de neutralizar la entrada del virus a las células” explica Sciutto. 

De hecho, en cerdos (que son más parecidos a los humanos que los ratones) mostraron que la dosis más alta que probaron “inducía niveles muy altos de neutralización”, más altos incluso que los niveles de suero de convaleciente, el cual tiene anticuerpos generados por pacientes de Covid-19. 

También vieron que la vacuna genera otro tipo de inmunidad: la de las células citotóxicas, que tienen la capacidad de destruir a las células que ya hayan sido infectadas por el SARS-CoV-2.

En este momento, los equipos de Biomédicas, Alpharma y Neolpharma están trabajando en hacer toda la documentación que requiere Cofepris para autorizar la realización de pruebas clínicas, es decir, con seres humanos.

Las ventajas

Para Sciutto y Solís no hay duda: que México desarrolle y produzca sus propias vacunas Covid es un asunto de seguridad nacional, y no sólo en la emergencia actual, también en el futuro. En el caso de Covid-19, porque “no sabemos cuánto va a durar la inmunidad, se está hablando de la posible necesidad de hacer reforzamientos periódicamente que quizá sea anual”, explica Sciutto. Para otras enfermedades, obvio, también sería importante. 

›Por otra parte, UNAM/AP-rP9 podría tener ventajas sobre otras vacunas, pues al ser recombinante puede ser modificada para combatir a distintas variantes del SARS-CoV-2. En términos de producción, ya sabiendo las modificaciones que habría y que hacer, se podrían hacer las adaptaciones en unas semanas.

Además hay otra ventaja potencial derivada del diseño de esta vacuna mexicana que, a la larga, la podría hacer más efectiva que las que utilizan un vector viral, como las de CanSino, Sputnik V y Johnson & Johnson, que utilizan adenovirus humanos como vectores para expresar la proteína S, y que las de AstraZeneca y Patria, que utilizan, la primera, un adenovirus de chimpancés, y la segunda al virus de la enfermedad de Newcastle, que solo infecta a las aves.

El problema con este tipo de vacunas es que el sistema inmune también reacciona contra el vector, lo que hace que el refuerzo periódico y la adaptación a variantes sea más difícil, pues el organismo se defendería contra el vector que ya conoce y no necesariamente contra los cambios que pudiera llevar.

Los otros obstáculos a vencer

De acuerdo con la historiadora Ana María Carrillo, “a finales de los años 80 México era el único país de América Latina que elaboraba todos los biológicos necesarios del programa ampliado de inmunizaciones de la UNICEF (contra enfermedades como la tuberculosis, difteria, tosferina, tétanos, poliomielitis y sarampión), además de vacunas contra la fiebre tifoidea y la rabia humana y canina”.

Además, era el único país del entonces llamado Tercer Mundo “que tenía el equipo, la tecnología y los recursos humanos necesarios para producir una vacuna contra la poliomielitis aprobada por la OMS”, y el único en América Latina que, además de cubrir sus necesidades nacionales, incluso exportaba a otros países del área.

En ese momento aún existía producción pública y privada de vacunas (en general, la primera se basaba en la tecnología nacional y la segunda utilizaba tecnología importada) para atender a la gran demanda que había debido a la existencia de ambiciosos programas de vacunación.

Carrillo explica que “como en muchos otros países, había una presión creciente de la industria internacional” que estaba logrando bajar costos y mejorar la calidad de muchas vacunas, avances que el sector público en México no podía lograr, especialmente porque se dio una política de reducción del gasto en salud. 

En 1989 comenzó un periodo que se ha llamado “de expansión y confusión” que condujo a que disminuyera hasta desaparecer la producción nacional de muchos de los biológicos fundamentales. Un caso notable fue el de la vacuna BCG, que “dejó de ser producida en el país porque de un día para otro, la Secretaría de Salud demandó unidades con menos dosis, lo que era imposible de lograr de manera inmediata”, explica Ana María Carrillo.

Así que además de los aspectos científicos, el desarrollo de una vacuna contra la Covid-19 en el país, ha tenido que enfrentar problemas de tecnología, insumos (prácticamente todos son importados), inversión, normativa y hasta culturales.

“Históricamente, siempre ha habido un vacío entre un emprendimiento de base científica o tecnológica y la realidad de llevarlo a la sociedad. En este momento, ese vacío es un tema de seguridad nacional”, dice Solís. 

Hasta ahora, el proyecto de UNAM/AP-rP9 se ha hecho con inversión de la UNAM, Alpharma y del Gobierno de la Ciudad de México, el cual aportó recursos para la optimización del laboratorio de alta seguridad de Biomédicas. Sciutto comenta que “este fue un logro de la doctora Laura Palomares”, del Instituto de Biotecnología de la UNAM, quien está desarrollando su propia vacuna contra la Covid-19. 

Los gastos más fuertes serán para la realización de las pruebas clínicas, para lo cual han aplicado a la Fundación Gonzalo Río Arronte, hay interés de la UNAM en aportar y del Grupo Neolpharma. Para comparar, a nivel internacional se calcula que el costo de las pruebas fase 1 (de seguridad) ronda los 4 millones de dólares; para la fase 2, los costos son de decenas de millones de dólares. 

›En las fases clínicas, además, participarán el Instituto Nacional de Cancerología, que tiene una unidad de estudios clínicos; el Instituto Nacional de Medicina Genómica (Inmegen), con herramientas de diagnóstico y seguimiento de pacientes, y se va a sumar también la Secretaría de la Defensa Nacional. 

Pero sobre todo el levantamiento y certificación de la planta donde sería producida la vacuna UNAM/AP-rP9, la cual sería su primer producto, es algo que a Solís le parece “como de película”. 

También es la gran oportunidad de generar un emprendimiento tecnológico ya que, si la vacuna es exitosa en las pruebas clínicas, sería de un enorme beneficio social. 

Compartir