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Juan Carlos Rodríguez

A oscuras, con el entorno lleno de polvo y apilados unos sobre otros, todos parecían estar muertos. El desplome en la Línea 12 del Metro fue tan súbito, que nadie tuvo tiempo de reaccionar.

En tres segundos, las aproximadamente 150 personas que viajaban en la cola del tren accidentado se vieron sacudidas, golpeadas y amontonadas al fondo del mortal vértice que formaron los dos vagones.

Lo más impactante fue ver a tanta gente inconsciente”, relata Sergio Martínez, un rescatista que tuvo oportunidad de ingresar a los furgones para socorrer a las víctimas. Uno que otro gemía; uno que otro se movía, cuenta.

Los 30 minutos posteriores al accidente ocurrido entre las estaciones Tezonco y Olivos, sobre avenida Tláhuac, fueron por completo para los civiles.

Sin medir el riesgo de que otra “ballena” se desplomara, sin considerar que alguno de los vagones que quedaron colgados cayera al piso y sin miedo a los cables que quedaron expuestos, decenas de personas se lanzaron al rescate de las víctimas.

Con barretas unos, con escaleras otros y con sogas algunos más, los testigos oculares se lanzaron al rescate de los accidentados.

Es admirable la valentía de los voluntarios, pero también se cometieron errores”, dice Martínez, quien relata que en su afán por ayudar, los improvisados rescatistas jalaban a las personas heridas, las cargaban sobre sus hombros y las obligaban a caminar sin reparar en si tenían fracturas o plena consciencia de sus movimientos.

Alrededor de la “zona cero” hay un Vips, un McDonalds, una plaza comercial llamada Tláhuac, un Cinemex, cafés, juegos mecánicos, corredores de tortas, tacos y fritangas, además un Wal-Mart, un entorno propicio para las aglomeraciones.

A los presentes, pronto se les sumaron cientos de curiosos que se desplazaron en bicicleta, moto o mototaxi para aproximarse a las vallas y ver el espectáculo de la corrupción, la desidia y la falta de mantenimiento; una función que involucra a altos dirigentes de la 4T.

Eran las 2 de la mañana y, con celulares por todo lo alto, los espectadores seguían con interés las maniobras de las grúas.
Inútil el grito de los altavoces policiales que pedían a la gente retirarse a sus casas para no complicar el acceso de ambulancias y demás vehículos oficiales.

La emoción de los fisgones contrastaba con la angustia de madres y padres de familia que se aproximaban a personal médico y de protección civil para preguntar por sus parientes.

Ya entrada la madrugada, vecinos de las calles Olivos, Escorpena y Providencia sacaron ollas de café y garrafones de agua para ofrecer a socorristas, personal médico y policías, pero lo cierto es que la multitud también alcanzó. 

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