Foto: Presidencia

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Olinka Valdez

En medio de un silencio sepulcral, frente a un Zócalo vacío y acompañado solo por su esposa, Beatriz Gutierrez Müller, desde el balcón de Palacio Nacional, el presidente Andrés Manuel López Obrador gritó veinte arengas, ninguna dedicada al personal médico que ha luchado en primera fila contra el avance de la pandemia de Covid-19 en nuestro país.

Así en una postal historica, con un Zócalo iluminado por los colores patrios, pero sin la presencia del pueblo mexicano, el presidente López Obrador encabezó la ceremonia por el 210 aniversario del inicio de la lucha por la Independencia, una conmemoración marcada por una crisis sanitaria.

Este año no hubo venta de banderas, sombreros, ni verbena alrededor de la Plaza de la Constitución, que de acuerdo con las autoridades capitalinas tiene capacidad para alrededor de 100 mil personas. Sólo se veía a algunos reporteros, personal de ayudantía y de seguridad apostados en los filtros para evitar que la gente pudiera ingresar.

Tres minutos antes de las 23:00 horas, tal como lo constató López Obrador al mirar su reloj en dos ocasiones para revisar que estaba en tiempo, junto a Beatriz Gutiérrez Müller, a quien nunca tomó del brazo, avanzó al salón principal donde recibió la bandera de la Escolta del Heroico Colegio Militar.

“Mexicanas y mexicanos. ¡Viva la Independencia! ¡Viva Miguel Hidalgo y Costilla! ¡Viva José María Morelos y Pavón!, ¡Viva Josefa Ortíz de Domínguez!, ¡Viva Ignacio Allende!, ¡Viva Leona Vicario!, ¡Viva el heroico pueblo de México!, ¡Vivan las comunidades indígenas!, ¡Viva la grandeza cultural de México!, ¡Viva la libertad!, ¡Viva la justicia!, ¡Viva la democracia!, ¡Viva la igualdad!, ¡Viva nuestra soberanía!, ¡Viva la fraternidad universal!, ¡Viva el amor al prójimo!, ¡Viva la esperanza en el porvenir!, ¡Viva México!, ¡Viva México!, ¡Viva México!

Luego, desde el balcón inició el espectáculo de luces y de música. El repertorio incluyó piezas representativas del país. Desde lo mejor de José Alfredo Jiménez, al Son de la Negra y el Son Jarocho. Junto a su esposa, López Obrador miraba con ojos impasibles el espectáculo de luces. Esta vez no había miles gritando el “sí se pudo”.

López Obrador gritó ante una plaza iluminada por la “llama de la esperanza” del Pípila, el personaje que cargó en su espalda una gran losa de cantera para protegerse del ejército español y arrastrarse para incendiar la Alhóndiga.

La Plaza de la Constitución estaba vacía. Para evitar la aglomeración y, por lo tanto, la propagación del nuevo coronavirus, el gobierno de la Ciudad de México determinó el cierre del primer cuadro de la capital e instaló dispositivos de vigilancia, seguridad y control de tránsito con casi 2 mil 800 policías de las subsecretarías de Operación Policial y de Control de Tránsito, Metropolitana y de otros cinco cuerpos de seguridad, incluyendo becarios de la Universidad de la Policía.

De Palma a Correo Mayor; de Venustiano Carranza a Donceles; de Bolívar a Jesús María; de Belisario Domínguez a República de Uruguay; de Circunvalación a Eje Central y de José María Izazaga a Héroes de Granaditas, fue imposible el ingreso para cualquiera.  

Además, instalaron cuatro filtros con vallas para cerrar el Zócalo, el primero a cargo de la Secretaría de la Defensa Nacional y el resto de la policía Metropolitana, de Proximidad y Tránsito de la Secretaría de Seguridad Ciudadana.

Al mismo tiempo que los elementos se desplegaban, el Zócalo de la Ciudad de México se iluminó  de verde, blanco y rojo, trazando con luces un mapa de la república junto a la bandera nacional, como parte de los preparativos previos a la ceremonia en la que, por segunda ocasión, el Presidente saldría por segunda ocasión al balcón principal de Palacio Nacional para celebrar el inicio de la gesta que se consumaría once años después de iniciar.

Al igual que en su primer Grito de la Independencia, Andrés Manuel López Obrador lanzó las 20 vivas. A diferencia de entonces, en las que exaltó a los héroes anónimos y a los indígenas, esta vez llamó a la fraternidad universal y a la esperanza.

No hubo miles que celebraran en inicio de la gesta bajo una lluvia de fuegos artificiales. Tampoco hubo banquete posterior con el gabinete aunque pudo apreciarse al secretario de Seguridad, Alfonso Durazo. Ni fueron requeridos los representantes del cuerpo diplomático ni artistas extraordinarios interpretando música vernácula.

Luego del encendido de la “llama de la esperanza”, el silencio reinó de nuevo en la plancha.

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